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Cultivar, amar y enseñar: tres historias de mujeres del barrio Las Aguas

Cultivar, amar y enseñar: tres historias de mujeres del barrio Las Aguas

Las vidas de Lorena Ramírez, Luz Bedoya y Geraldine Sandino no solo convergen en las calles del barrio Las Aguas, además, sus vidas se acercan en alguno de los diferentes espacios que crea el Programa Progresa Fenicia. Cada una de ellas es beneficiaria de nuestra oferta de programas sociales y estos fortalecen sus vidas y hogares.                                                                                                                                             

Aparecen en las fotos: Lorena Ramirez, Luz Bedoya y Geraldine Sandino.

  

En el vértice más norte del Triángulo de Fenicia, subiendo por la Calle 22, se puede vislumbrar un callejón. Como si se tratara de un portal, al atravesar este callejón el olor, la temperatura y humedad del aire cambian. Al costado izquierdo se alza un grupo de casas y sobre el derecho una falda de los Cerros Orientales donde varios vecinos empezaron a crear sus propias huertas urbanas.

Es aquí donde Lorena Ramírez, madre cabeza de familia, desde el año 2020, a raíz de la pandemia del covid-19, inició una huerta urbana. En un área de seis por cuatro metros aproximadamente, Lorena planta lulo, tomate de árbol, coles, hierbas aromáticas, papa, guatila, breva y uchuva, entre otros. Además, después de un proceso de compostaje, ha logrado nutrir el suelo de su huerta con los desechos orgánicos de su hogar.

Aproximadamente cuatro kilos semanales van a la huerta y no al Botadero de Doña Juana. “En cuestiones de economía la huerta me ha ayudado mucho porque de aquí saco muchas cosas para el diario, para los alimentos de mi hogar. Los alimentos han subido muchísimo de precio y algo que uno cultive y alguito que uno saque de la huerta, es una ayuda”, dice Lorena. Lo que comenzó como una distracción y excusa para salir del encierro durante el confinamiento, pronto se convirtió en una pasión.

El horario de Lorena suele ser muy apretado, lo que no le permite participar con mucha frecuencia en las actividades de agricultura urbana que la Huerta Fenicia ha liderado, pero mantiene en su huerta plantados kale y yacón, alimentos traídos desde la Huerta Fenicia.

Cultivar la tierra y cosechar frutas y verduras para Lorena es también una tradición que le transmite a sus hijos. “El ejemplo empieza en casa, mis hijos ven que me gusta la naturaleza y cultivar, entonces ellos también van por ese mismo camino. Pero, sobre todo, enseñarles también que cuando uno hace las cosas con amor, constancia y voluntad, eso se ve reflejado en el resultado”, añade.

Por su parte, está Luz Amparo Bedoya, de 62 años de edad, y participante activa en la Huerta Fenicia. Ahora trabaja en una cama de cultivo en nuestra huerta donde crece brócoli, lechugas, kale y cilantro. Luz llegó al barrio desde Medellín, luego de luchar contra el frío en Bosa en el año 2006. “Empecé a trabajar en una cafetería, conseguí una piecita donde me cobraban $80.000. Mis cobijas eran mi ropa – cuenta Luz - al primer paguito compré una cobijita de $10.000 y así fui consiguiendo de a poquito”. Al poco tiempo consiguió trabajo como ayudante de cocina en un restaurante del barrio.

En Las Aguas, Luz no solamente encontró un mejor trabajo, también encontró el amor de su vida. “Si yo hubiera sabido que la horma de mi zapato estaba acá en Bogotá, me hubiera venido antes”, señala Luz. En la cocina se fueron enamorando Luz y su actual pareja, Henry. Hoy en día, 17 años después, Luz continúa encontrando un gran apoyo en Henry. Tanto así, que siente el deseo y libertad de asistir a todos los programas sociales que ofrece la Alcaldía de Bogotá, como Mujeres que reverdecen y del Programa Progresa Fenicia, como las clases de tejido, baile y yoga.

Luz está en constante crecimiento personal, terminó su educación secundaria en el colegio Primeros Maestros en 2016, y desde entonces no ha parado de estudiar. Estudió en el SENA corte de tela y patronaje. “Ya terminé mi estudio y ese es un ejemplo que le dejo a mis hijos, nietos y sobrinos, que nunca es tarde para estudiar”, agrega Luz.

Una sed muy parecida por aprender y superar obstáculos tiene Geraldine Sandino, de 32 años de edad. Proveniente de una de las familias más emprendedoras y antiguas del barrio. Geraldine recuerda que su abuela vendía fritanga en frente del Goce Pagano, muy cerca de donde hoy en día su tía, Natividad, montó un puesto de venta de arepas - La Arepa Soñada.

Geraldine fue una despachadora aérea hasta que comenzó la pandemia, desde entonces emprendió con una empresa de venta de ropa y zapatos que ofrece virtualmente por medio de sus redes sociales (@geraldsandino en Facebook). Además, es madre soltera de un niño de 10 años de edad. Señala que, al ser una madre divorciada, su fortaleza no solo la debe transmitir, sino de verdad afianzar. Ser perseverante en las cosas, pero, sobre todo, ser muy segura de sí misma y trabajar en su propio bienestar. “Si yo estoy bien, mi hijo va a estar bien. Por eso las clases de yoga que ustedes ofrecen me han funcionado mucho. No sabía que la respiración podía ayudarme a aquietar pensamientos, inseguridades y miedos” dice, Geraldine.

La relación que Geraldine tiene con el Programa Progresa Fenicia es mucho más estrecha de lo que parece, pues desde comienzos de 2022, es una de las mentoras del Refuerzo Escolar Fenicia (REF) y ha acompañado a los hijos de sus vecinos de Las Aguas y barrios aledaños con actividades académicas. “El REF me ha enseñado que los niños necesitan mucha paciencia, tolerancia y ser más escuchados. Hay algunos niños que no necesitan las actividades. A veces solo se sientan con uno y empiezan a hablar, le cuentan su vida o se desahogan” señala, Geraldine.

De esta manera, existe una mutualidad en la relación que estas mujeres tienen con el Programa. De la misma manera en que ellas aprovechan todas las buenas experiencias y conocimientos que ofrecen estos espacios, lo retribuyen de vuelta aportando buenas ideas, tiempo y dedicación. Tanto sus hogares como el Programa son nutridos por todo el amor, sensibilidad y fortaleza con que ellas enfrentan sus realidades.  

 

 

Del Refuerzo Escolar Fenicia a la educación superior

Anderson Bernal tiene 18 años, acaba de ingresar a la Universidad Libre con una beca otorgada por Jóvenes a la U. Y Sebastián Medina, de 19 años, obtuvo el mejor puntaje en el ICFES de su colegio. Estos dos jóvenes hicieron parte del Refuerzo Escolar Fenicia (REF) gran parte de su adolescencia y ahora ven materializados sus planes y proyectos de vida. 

 Aparecen en las fotos: Anderson Bernal y Sebastián Medina. Fotos cortesía de Astrid Rincón y Fredy Bernal. Collage: Daniela Rodríguez. 

Anderson Bernal recuerda su último día de colegio con una gran pérdida. Era el partido de la final del torneo de fútbol de grado once en el Colegio Escuela Mayor de Comercio en el barrio Egipto. Anderson era el capitán de su equipo, acababa de comenzar el partido y ya iban ganando. “Dejé que uno de mis compañeros entrara y pues, por una rivalidad inmadura, se pusieron a pelear con los del otro equipo y nos descalificaron”, relata Anderson. 

Definitivamente, una pérdida que le pesa en el alma. Pero que hoy, casi cuatro meses después, mira en retrospectiva como algo positivo “De los errores se aprende y ahora al llegar a la universidad me doy cuenta de que es un paso muy grande. Allá eres más libre y autónomo que en el colegio. Allá el aprendizaje es por parte tuya, uno toma sus propias decisiones”, dice. 

Anderson entró a primer semestre de ingeniería de sistemas en la Universidad Libre y asegura que descubrió su gusto por la programación y computación durante una actividad del Refuerzo Escolar Fenicia (REF) “nos llevaron a unas clases de programación en la Universidad de los Andes. Nos pusieron a hacer muñequitos y nosotros mismos programábamos. Desde ahí me interesó, como algo que palpitaba dentro de mí, pero no lo sabía”, cuenta. Luego, en una feria universitaria en el campus Uniandes, se decidió por su carrera. 

Por su parte, Sebastián Medina participó en el REF con el apoyo académico en las tardes. Este fue el único estudio extra que cursó para lograr el mejor puntaje en el ICFES de su colegio, Manuel Elkin Patarroyo del barrio La Perseverancia. “Con este puntaje me presenté a la beca de Jóvenes a la U y apliqué a varias universidades, una de ellas Los Andes, que es donde estoy en lista de espera”, cuenta Sebastián. 

Su deseo es estudiar ingeniería mecánica el movimiento, la física y, sobre todo, crear cosas le apasiona. Le llama la atención la rama automotriz y en el futuro le gustaría crear una empresa para poder ser su propio jefe. 

Si para Anderson la Universidad de los Andes fue un medio y aliado a la hora de escoger su carrera, para Sebastián, es un objetivo. “Yo quiero estudiar en Los Andes porque es una universidad de renombre. Tiene un campus muy bonito y amplio. Y las ingenierías son buenas”, dice Sebastián. 

Su determinación acentúa con mucha fuerza las ganas que tiene de estudiar y de convertirse en esa persona que siempre planeó. Le sonríe a su mamá mientras le da las gracias por todo el apoyo que ella le ha brindado siempre, pero también se agradece a sí mismo el obtener ese reconocimiento que solo es el primer peldaño en la escalera que deberá subir para alcanzar los objetivos de su vida profesional. 

Tener claro qué se quiere hacer por el resto de la vida, a tan temprana edad es una prueba que Anderson y Sebastián están dispuestos a afrontar. Con el apoyo de sus familias, profesores y mentores han establecido un camino que hasta ahora inician. 

Anderson está en su semana de inducción y con el paso de los días, valora cada vez más sus años de colegio. En sus clases recuerda temas que vio en bachillerato, “Ahora, sobre todo, me gustan las matemáticas. Vimos un tema que entiendo, pero no del todo. Es difícil y me gusta que sea así porque las cosas fáciles, ¿para qué? Las cosas fáciles las consigue cualquier persona”, relata Anderson. 

Las transiciones por las que atraviesan tanto Anderson como Sebastián son diferentes. Así como Sebastián disfruta de la paz y tranquilidad de recién graduarse; Anderson aprecia el poco tiempo que le sobra para descansar, compartir con amigos o su familia. 

Ambos concuerdan en que esta etapa de su vida no es crucial. Este es solo el inicio de un nuevo viaje. Donde deben proponerse nuevas metas, decidir por sí mismos lo que quieren alcanzar y prepararse para sobrepasar todos los obstáculos que se les pueda presentar en el camino.